Rotas las cadenas de la drogadicción

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Primeramente dedico este testimonio a los encadenados del mundo, para que ellos sepan, igual que lo conocí yo, que en Cristo hay vida y la hay en abundancia. Después lo dedico a aquellos que han escogido ignorar la palabra de Dios. Para que en lo que murmuren, glorifiquen el nombre de Cristo.

Durante los últimos días del mes de Octubre del año 1990, este siervo aceptó a Cristo como Señor y dueño de su vida. En los siguientes días no hubo casi cambio en mí. Pero el 31 de Diciembre de ese mismo año decidí probar más en serio y en vez de salir para una fiesta pagana, me fuí a pasar aquel año nuevo en la Iglesia. Aquella noche fue diferente. Aquella noche se rompieron las cadenas y para siempre Cristo ha sido el centro de mi vida.

A continuación es el testimonio, en dos partes, de lo que el Señor hizo con mi vida. Ya verán que no existen palabras para expresar el agradecimiento. Solo puedo decirle… …Muchas gracias Papá Dios.

 

TESTIMONIO (primera parte)

Para la gloria y honra del Señor quiero brevemente compartir el testimonio de lo que El con su poder ha hecho en mi vida. Quiero hablarles algo de mi vida anterior. Trabajaba en la línea de Servicios del Departamento de Obras Publicas del Condado. Allí se encontraba un equipo de servicio que tenía una fabricación extremadamente moderna y complicada. El condado contaba con una flota de estos equipos, alrededor de mil, y solamente unos ocho o nueve de estos modernos.

Me llamaron para que hiciera la reparación adecuada ya que yo estaba cualificado para trabajar en este equipo. No había otro mecánico capaz de realizarlo. Anteriormente había trabajado en equipos tan sensitivos como bomberos, cuerpo civil de emergencia, en resumen, había estado a cargo del gobierno en el puerto de Miami y en equipos de la Policía.

Mi posición era envidiada por ingenieros y por personal de alto rango. Gozaba de la confianza de mis superiores y mis compañeros, cuatro semanas de vacaciones al año, doce días por enfermedad, y algunos días festivos. Como pueden darse cuenta, tenia un sueldo modesto. Es decir, gozaba de lo mejor que pudiera brindarle la vida a un hombre de 29 años con hogar, familia y posición.

Cuando vine a recoger aquel equipo moderno del que les hablé al principio con el fin de trasladarlo al taller de reparaciones, puse mis brazos sobre el timón y mi cabeza fue a recostarse a ellos; comencé a llorar, pues lejos de ser feliz no deseaba vivir. Le rogaba a Dios que me quitara la vida. Le preguntaba; ¿Porque me había tocado morir aquella muerte tan lenta y segura? Estaba perdidamente enviciado a la cocaína y pensaba que hasta el mismo Dios me había abandonado.

Había perdido el amor propio, la confianza en mí mismo, pero esto no se detenía allá, estaba destruyendo a mi madre y a mi familia. Mi situación había llegado a tal extremo que no me importaba mas nada que saciar mi maldita adicción. Los horrores a los que conlleva un vicio son más que suficiente para que muchos se hallan quitado la vida en la desesperación de querer salir del hoyo en que han caído. Quizás un día el Señor me de las fuerzas para contarles algunos de estos horrores.

El tiempo continuó; me ayudaba logrando por pocos días menguar un poco la droga, a veces pensaba que la había logrado vencer, solamente para caer más profundo en ella.

La palabra de Dios empezó a llegarme por distintas personas, pero como dije antes, estaba seguro de que a Dios nada le importaba una persona tan vil y capaz de tantas infamias. Estaba equivocado, mi Padre celestial había empezado la obra y yo no lo sabía.

Vino a laborar a mi lado un fiel compañero del Evangelio cristiano que con amor y con tiempo fue administrándome la palabra divina como una medicina tan fuerte que hay que aplicarla con gotero. Poco a poco aquella medicina me fue destruyendo el espíritu diabólico que en mí existía. Así fue como en un camino lento pero seguro, quedaba a mis espaldas el vicio y en mi frente estaba Jesús. Por fin empecé a verme como un hombre otra vez, contrario a lo que yo creía. Cristo sí me oyó la súplica que yo hice aquel día sobre aquel timón; Jesús había hecho exactamente lo que yo le pedí, mató a Gustavo Pérez y hoy vivo con otro nombre impreso en el libro de la vida.

Quiero significarles que estos no son cuentos de hadas, ni cosas oscuras. El único milagro lo realizó Jesús por medio de su iglesia y fue ésta La Iglesia Misionera Bautista y a ustedes, los que Dios usó para salvarme.

Públicamente le pido perdón al Señor, públicamente pido perdón a mi madre, a mi familia y a mi padrastro por las horas de angustias que les causé y quiero darles las gracias al Señor y a toda la iglesia por esta tan grande bendición que Dios me ha dado. MUCHAS GRACIAS, DIOS LES BENDIGA

 

Continuación

En el veraño del año 1991, este primer testimonio fue dado frente a la Iglesia Misionera Bautista y varios otros testigos que fueron llamados a propósito para verificar su autenticidad.

En este testimonio se omitieron muchas intimidades porque no tuve valor para decirlas. Como pudieron leer, le pedí al Señor que me diera fuerzas para decir los horrores a los cuales la droga me sometió.

Les aseguro que estos son solo algunos de los sufrimientos de los cuales le debo liberación al Señor. Temo que la mayoría de los otros, o al menos, los más fuertes, tendrán que ir al cielo conmigo. Aunque estoy dispuesto a glorificar el nombre del Señor en cualquier momento, hay testimonios que lejos de edificar, hieren. Así de horroroso es ser un drogadicto.

El “Domingo de Resurrección” del siguiente año, 1992, el Señor contestó mi oración y su nombre fue glorificado con este segundo testimonio. En este preciso momento mis ojos se bañan de lagrimas al ver las maravillas que el Señor ha hecho en mí. Los que fueron a testificar sobre el primer testimonio, ahora, todos estaban convertidos y sentados conmigo en la Iglesia. ¡Aleluya al Cordero!

 

TESTIMONIO (segunda parte)

Si ustedes recuerdan, en mi primer testimonio, yo les dije que tal vez el Señor me daría fuerzas para contarles algunos de los horrores que la droga hace vivir a uno. Les voy a contar algunos.

No vayan ustedes a pensar que la influencia de la cocaína lo hace a uno loco y la gente se suicida, es peor. Es cuando el efecto se pasa y está uno en su conciencia cabal. En este momento es que te das cuenta de lo mal que estás y no deseas vivir.

Yo siempre fui un hombre de altos conceptos morales, pero todo eso fue desapareciendo a medida que la droga fue haciendo su efecto en mi vida. La cocaína era el vicio de los ricos por lo cara que costaba antes y se juraba que no era adictiva, pues la podías usar hoy en una fiesta y no volverla a usar mas en muchos años.

Un día yo estaba sintiéndome mal por unos tragos y un amigo me dió a probar. La cocaína es super eficaz en destruir una borrachera, en algunos 15 minutos el efecto del alcohol te lo borra. Yo no sabía en lo que me estaba metiendo. ¡Es terrible depender de la cocaína!

¿Cuando empecé a enviciarme? ¡Yo no lo sé! Pero sí sé que empecé a usarla más a menudo. Las noches sin dormir iban en aumento, dos, tres o cuatro noches sin dormir eran común en una semana. ¡Que yo recuerde, a veces hasta seguidas! Esto produjo un estado de ansiedad en mi cuerpo que era terrible. Primero, porque la droga causa depresión durante su desprendimiento del cuerpo, y segundo por el cansancio físico y mental que producen tantas noches sin dormir. La solución cuando uno está en este lío solo es una, más cocaína para restablecer el cuerpo, y vuelve el círculo vicioso.

Entonces ya habían días que sencillamente ya no tenía fuerzas para levantarme de la cama. Tres días y tres noches sin probar alimentos y sin dormir habían cobrado su precio en energía y el cuerpo sencillamente no se podía mover mucho. Entonces me encerraba en mi cuarto uno o dos días. No quería que nadie me hablara, no quería ver a nadie, no sabía si era de día o de noche, no contestaba el teléfono, no abría la puerta si tocaban. En un final, solo quería estar solo. En mi cuarto, a veces miraba televisión, a veces rezaba, a veces oraba o si no, me pasaba horas llorando. Mi auto-destrucción, yo estaba seguro que no iba a fallar. Uno, dos, tres años más, yo no sabía. Yo sí sabía que aquello era cuestión de tiempo nada más.

Empecé a perder amistades, me botaban de los trabajos. Me volvía loco haciéndome el enfermo e iba a los doctores buscando cómo alguno me descubría el vicio porque yo no lo podía admitir. Recogía excusas médicas para llevarlas a los trabajos. Los doctores sabían lo que me pasaba pero no lo decían. Ellos saben que el paciente no admite que le digan que esta enviciado, por lo tanto no lo diagnostican porque puede constituir un problema legal.

Mi mente ya no funcionaba bien. Mis principios morales se habían perdido, mis responsabilidades eran un abandono, mi casa era un total desorden. Maltrataba a mi madre, mi esposa y mis hijos. Luego venían los problemas que no eran físico o mental, sino problemas sociales relacionados con la droga.

Por ejemplo, una vez a un familiar mío se le perdió un kilogramo de cocaína acabada de traer de Colombia. El valor de aquel “kilo” era en aquel tiempo de sesenta y dos mil dolares ($62,000). Mi pariente le informó por teléfono al dueño y el dueño le dijo que tenía veinticuatro (24) horas para buscar la droga o el dinero y lo citó para ese tiempo en un parqueo. Yo no podía consentir que mataran a mi pariente y me posicioné en el parqueo a aproximadamente quinientas (500) yardas del individuo con un rifle H & K modelo 96. Poderosa arma calibre 30-06 con la cual le iba a volar la cabeza si a mi pariente se le tocaba el pelo. Gracias a Dios que cuando mi pariente le dijo que no tenía ninguna de las dos cosas, al maleante le lució la situación algo extraña y decidió no hacer ningún movimiento raro.

Ven, hermanos, se dan cuenta en el monstruo que me estaba convirtiendo. La televisión exagera el precio del vicio bastante, pero a cuarenta dolares ($40.00) el gramo de cocaína yo me gastaba aproximadamente trecientos dolares ($300.00) semanales y tenía semanas de gastarme mil ($1000.00) y mas.

Una vez no podía pagar la cocaína que había cogido a crédito, entonces fui a otro traficante y le quité una onza a como diera lugar, y se la llevé a quien se la debía. Una persona enloquecida por el maldito vicio de la coca no le importa si vive o muere.

Ya todos odiaban estar a mi lado. Se habían intensificados los maltratos a mi madre y a mi familia. En mi casa nunca había comida para mis hijos, me cortaban la luz, y me botaban de los apartamentos porque no tenía dinero para pagarlos. En un final, cuando me levantaba por la mañana, si no estaba endrogado, estaba muerto de cansancio y desesperado. Cada día era una gran meta nueva, ver cómo hacía para sobrevivirlo. Ya no había nada en el mundo que me pudiera sacar del hoyo donde estaba, ni había esperanza en mi. “PERO QUEDABA CRISTO”

El vino a darme mi vida y vida en abundancia cuando le dije; “Me entrego a Tí Señor”. “Te acepto como mi Salvador”. “Cámbiame Señor”. Y comenzó un milagro en mi vida. Un hermoso cambio de muerte a vida que yo no creí posible, pero ahora es claro, pues así son las cosas del Señor. Quitó la blasfemia con que insultaba a mi madre y puso en mi boca la dulce palabra de Jehová de los Ejércitos. Quitó la cerveza de mi mano y puso una biblia, quitó el demonio que existía en mí y puso su Santo Espíritu en mi corazón. El cual me llena de amor divino para mi madre, mi esposa y todo el que me rodea. ¡Que cosa mas linda!, ¡Si lo hubiera sabido antes! Si hubiera sabido que Cristo es el camino, la verdad y la vida, cuánto dolor me hubiera ahorrado.

Entrega tu corazón al Señor, acepta a Cristo como tu salvador y veras que para tí también hay lugar en la cruz.

A veces me dicen “fanático”, a veces me dicen “aleluya”, pero nunca más me han dicho ¡DROGADICTO! porque ya no existo, sino que vive Cristo en mi.

Bendito sea el nombre del Señor

 

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25 de junio de 2001

Por: Gustavo Pérez
Edad: 44
País: Estados Unidos- Hialeah Gardens, FL
GusTecMSS@AOL.COM
Iglesia: Iglesia Bautista Maranatha
Pastor: Ismael Fernández

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